Muchos años me llevó inventar a un Jordi que aspiraba a oler las flores de esos montes abandonados y a disfrutar con las páginas que no escribieron los que nunca escribieron. Ese Jordi no tenía rey ni amo, tampoco patria ni tribu, aunque sí normas, sí principios y, por encima de eso, algo tan antiguo y desfasado como honor.
Pero la vida, joder, cómo te embriaga en sus memeces, en sus anhelos, en sus glorias, y como, cuando años ha que debería intepretar ya a mi personaje, ahí sigue, esperando a ver si mi naturaleza de asno se despista y le deja consolidarse. Mientras tanto, al menos no vociferes, aunque aquí, oculto, te permitas hacerlo.
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