viernes, 31 de marzo de 2017

gritos en la senda que no existe, como razón de ser

La novela como pregunta y no como respuesta, algo así como un baile azaroso bajo la luz que desprende un gran signo de interrogación, como apertura de un sendero inexistente que genera miles de voces que gritan cuán innecesario e infructuoso es tu trabajo, que abandones, que es inútil, que ya es suficiente, que para qué, que lo pienses, que te pares y lo pienses, seriamente. Y lo haces, claro que sí, porque siempre hay que escuchar lo que gritan las voces, y lo piensas y, efectivamente, dudas. Y entonces sigues abriendo sendero y, de pronto, lo ves: la novela son esas dudas que surgen cuando escribes; en cierta manera, la novela es su escritor. Otra cosa es cuánto se parece este a la persona que la escribe.

viernes, 24 de marzo de 2017

evidencia, como juego, del picador de teclas

Quizás haya una causa primera de todos los efectos que me componen, más allá de la obvia, quizá lo que me arrastra aquí, a picar teclas sin necesidad y sin intención, sea un impulso beatífico, dionisíaco o luciferino, quizá sea el azar o la rutina o algún recado inconsciente y desconocido, pero aunque no sea yo sino alguno de sus resortes misteriosos o alguna otra cosa lo que me hace escribir, yo quiero creer que escribo porque quiero, y así sigo avivando el maravilloso juego donde la libertad puede más que la naturaleza.

lunes, 13 de marzo de 2017

el escritor, querido Einstein, también juega a los dados

En mis novelas, los planes previos, los esquemas, los temas y las voces vienen con las palabras que van sucediéndose, una tras otra. Quizás haya un islote en el horizonte desde el principio, pero entonces me parecería absurdo escribir doscientas páginas para llegar a él. Múltiples, confusos e inexistentes deben ser los islotes que el escritor tiene en su horizonte.
Escribí una novela que narra la creación de una nueva Iglesia en un bar de barrio porque imaginé a un viejo que había decidido escupir desde la ventana de su casa a los transeúntes en "El Santo de Fingida", y que era eso o morirse, no de viejo, sino de aburrimiento.
¿Estaba la Iglesia, y Metaesputo, y Amigos de la Cerveza y del Viejo, y los Pipas, y Dani y el mítico Sr. Mariano o Ángeles en esa imagen? Por supuesto que no. Eso no estaba dentro mío. Eso vino con las palabras que utilicé para narrar al viejo que había imaginado, no sé por qué, y que comenzaban así: "Aquella ventana era, en realidad, una puerta.  Desde ella vivía el Viejo, que no lo era tanto como parecía (aunque era viejo). Alguna vez, de pequeño, el Viejo había sido veloz.  Ya no.  Ahora sus movimientos eran lentos y cansados".
 


sábado, 4 de marzo de 2017

la ficción como universo azaroso y sorpendente

Puede que sea plasmar una imagen, una escena, lo que hacen las palabras, que sean un puente por el que la imaginación se hace carne. En ese caso, escribir es capturar un vuelo, atraparlo. Para mí no. No veo primero algo y luego trato de decirlo; el decir y la visión van de la mano, son lo mismo, se van creando mutuamente. El Quijote sería otro si comenzara diciendo que el héroe nació, por ejemplo, en Villanueva de los Infantes. Pero su escritor nos dice que nació en un lugar de cuyo nombre no quiere acordarse. ¿Y si hubiera querido? Pues el Quijote no hubiera sido el Quijote y quizás Cervantes fuera hoy un gran desconocido.
Es decir, la novela no es la plasmación física de un mundo previo imaginado, algo así como un resultado; escribir es abrirse a la sorpresa de un mundo por imaginar.